Opinión

La negación de pasar al tablero

Como van las cosas en Santa Marta podemos decir que al encontrarnos con un amigo o una amiga en vez de preguntarles “¿Cómo te va?” lo que debemos preguntarles es “¿Estas amenazado o amenazada?”. Ser víctima en nuestro tiempo, sobre todo en el campo de la política, otorga privilegios, exige escucha, promete y fomenta cierto reconocimiento y genera ante el público mayor identidad, derechos y autoestima. Sin embargo, lo más importante es que inmuniza ante cualquier crítica. También garantiza de antemano la inocencia más allá de toda duda razonable. La víctima no actúa sino que padece. La víctima no hace sino que le han hecho. Por eso existen por nuestras ciudades un grupo significativo de verdaderos amenazados, los que sin duda deben ser protegidos y apoyados por el Estado colombiano y la sociedad civil, y también, otro grupo de verdaderos impostadores de la amenaza.

Lo que queremos decir es que no siempre quien se declara amenazado, buscando cualquier tipo de apoyo, tiene la razón o las evidencias de su amenaza. Muchas veces basta con decirlo a la manera del pastorcito mentiroso. Esto se hace más notorio, especialmente, cuando son los poderosos (ricos y altos burócratas del Estado) los que hacen uso político de la ideología víctimista. Como fue el reciente caso del alcalde interino Rugeles, además, Secretario de la Transparencia, que antes de venir a desbaratar a Santa Marta, ya había escogido como domicilio una fortaleza militar bajo la presunción difamatoria de que Santa Marta era una ciudad peligrosa para él. Ese fue su primer disfraz, calumnioso y protervo, bien aprendido y parece que bien enseñado a sus pupilos de gabinete.

Quien sin razón alguna recurre a victimizarse es un irresponsable que no quiere responder por nada o que considera que no tiene la necesidad de justificarse. Ante el acoso de la cotidianidad responsable nos hemos ido acostumbrando a declaramos al mismo tiempo supervivientes y víctimas o, al menos, como unas víctimas potenciales. De esta manera, el accionar político, siempre complejo y riesgoso, terminará siendo un espacio en degeneración, de lloriqueo o de autoconmiseración. Aflora entonces la famosa frase (no siempre verdadera): “si algo me llegase a pasar la culpa es de…”. Y así, hasta la inexorable sepultura o la perpetuidad de los tiempos.

La ideología víctimista sirve en veces para legitimar nuestras opiniones y acciones ante los demás. Es una manera de exonerarse del juicio público o la evaluación crítica de la sociedad. Es construir una especie de pared para que lo injustificable adquiera validez. Es la negación de la crueldad de la crítica para no querer “pasar al tablero”.

El objetivo polémico de estas líneas no lo constituye, como es obvio, las verdaderas o reales víctimas. De lo que se trata es de entender la significancia que esto tiene tanto en el imaginario de las propias víctimas como en el imaginario del colectivo social. Y para poder deconstruir este modelo ideológico debemos profundizar entre lo que es falso y lo que es verdadero. No deberíamos, al menos, apoyar cualquier victimización que provenga del resentimiento, de la humillación, de la debilidad o del chantaje. En el mundo que conocemos nadie debería sufrir para lograr fingir. Se tienen lágrimas pero no razones. De lo que parece tratarse con esta seguidilla de “amenazas de muerte” a ciertos funcionarios del “sello Rugeles”, es el de evitar cualquier deliberación en común sobre lo que es justo o lo que es injusto. La verborrea del relato víctimista crea de inmediato un mundo que se hace sospechosamente silencioso. Todos corremos riesgos en el mundo en que nos encontramos, lo que no nos exime el actuar con control y responsabilidad.

Quien a toda hora se comporta como víctima lo que propone a sus gregarios es un pacto efectivo implícito (a veces explícito), de una identificación ante la potente palanca del resentimiento. Resentir contra el verdugo (real o ficticio) esa es la estrategia. El auto declarado víctima, sin mínima evidencia, se cree irrebatible por encima de toda crítica, dueño y señor de nuestras miradas y palabras. No reconoce en los demás algún tipo de enunciado que no sea solo los que le son favorables o solidarios, so pena de declararnos victimarios o verdugos. Hay que darle la razón (así no la tenga) para que nos considere como seres buenos.

No obstante, uno no se vuelve veraz demostrando que otros mienten. Pero el victimizado cuando no es real proyecta sobre los demás sus propias carencias y su propia mutilación. El intento de hacerse reconocer como víctima para no asumir responsabilidad alguna en la esfera de lo político o de lo histórico, esta forzosamente condenado a la derrota, a la negativa infinidad de la coacción, a repetir, según Freud, la pulsión de muerte.

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