Editorial

EL INFIERNO DEL BANANO:

Huelga y Masacre de las Bananeras

Por: Carlos Payares González

El próximo 6 de diciembre se cumplirán 91 años de la huelga y masacre ocurrida en la zona bananera del Departamento del Magdalena. Será un buen momento para evaluar hasta donde la memoria colectiva e histórica se ha apropiado del trasfondo de los hechos para visualizar un presente y futuro promisorio. La importancia del pasado es que nos acompaña en el presente.

Sin embargo, pareciera a primera vista que la inapetencia por el pasado es cada vez más frecuente y arropadora. Esto me recuerda la obra de Viktor Frankl, titulada Psicoanálisis y Existencialismo, en la que pone en evidencia la existencia de una neurosis colectiva que nos afecta para olvidar las cosas que ocurren en la mayor parte de la humanidad. Esta “patología social” se caracteriza por un escaso sentimiento de identidad colectiva, que cada vez más se apodera de la gente. Es una especie de “vacío existencial” para no asumir la historia con reflexión, libertad, responsabilidad y trascendencia.

Es cuando hemos caído en una especie de domesticación de la memoria y del pensamiento. A la manera de un autismo o de un disciplinamiento coercitivo como lo supuso Schopenhauer en su mejor momento. O como lo dijo nuestro premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, en Cien Años de Soledad, como si en el pueblo de Macondo, el de la Huelga y Masacre de las bananeras, no hubiese pasado nada… ni está pasando… ni pasará nunca nada.
De no ser por las caricaturas de Rendón, los cuadros recordatorios de la Violencia en Colombia de Débora Arango, con vagones de los trenes repletos de cadáveres, las denuncias de Jorge Eliecer Gaitán, en sendos debates en la Cámara de Representantes, las novelas de Álvaro Cepeda Samudio, La Casa Grande, y de Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad, la azabache y desafiante escultura de don Rodrigo Arenas Betancourt, El Prometeo de la Libertad, enrielada en la antigua Plaza de la Estación de Ciénaga, los abundantes recuerdos y estudios plasmados tanto en las páginas de los diarios, como en múltiples libros, y en las mentes de los que participaron o vivieron los días azarosos de la huelga y, finalmente, las escasas conmemoraciones de cada aniversario, todo se hubiese hundido en un manto de olvido, como lo desearon los detractores de la Huelga y los mentores de la Masacre, por medio de sus portavoces de la comunicación oficial, gratificados en su momento por la gran empresa norteamericana, la United Fruit Company. Es decir, con el pasar del tiempo se ha logrado en parte masacrar también la crónica de la huelga y la masacre.

En la antigua Plaza de la Estación del Ferrocarril en Ciénaga pareciera que los recuerdos se negaran a desaparecer. Por eso es obligante fijarlos de una manera simple. Tal cual como fueron. Para que no siga ocurriendo lo que en reciente dijo el historiador J. Ortíz Cassiani, en la Revista Arcadia (No 156): “Tal vez, solo tal vez, se evitará que el Prometeo de la Libertad, el cimarrón altivo, siga siendo consumido por el olvido, mientras lo blanquea el salitre y la mierda de las aves.

De ahí la validez de la recomendación de M. Halbwachs, en su obra Memoria Colectiva y Memoria Histórica (1968): “Cuando la memoria de una serie de hechos ya no tiene como soporte un grupo, ese mismo grupo que estuvo implicado o que sufrió las consecuencias, que asistió o recibió un relato vivo de los primeros actores y espectadores, cuando se dispersa en algunos espíritus individuales, perdidos en sociedades nuevas a las que esos hechos ya no interesan, porque les son decididamente exteriores, entonces el único medio de salvar tales recuerdos es fijarlos por escrito en una narración ordenada y que, si las palabras y los pensamientos mueren, los escritos permanecen”.

No hay un modo de recordar ni una manera de relacionarse con la historia que no nazca de un deseo, es decir, de algo que apunte hacia el futuro. Carolin Emcke (2017), en su libro Contra el Odio, manifiesta sobre este aspecto que: “La bidireccionalidad del recuerdo, hacia el pasado y hacia el futuro al mismo tiempo, debe apercibirse. Solo el recuerdo capaz de extraer del terreno fértil de la historia un cometido orientado al futuro puede tener efecto y permanecer vivo. Solo una cultura del recuerdo que articule constantemente la esperanza de crear una sociedad inclusiva, una sociedad que no permita que un individuo o una colectividad sean estigmatizados como algo “ajeno” o “impuro”, puede permanecer viva. Solo el recuerdo que, también en el presente, siga atento a los mecanismos de exclusión y violencia puede evitar que, en algún momento, pierda todo su sentido.

La memoria colectiva logra extenderse en el tiempo hasta donde ella quiere, es decir, hasta donde alcanza el deseo. La desmemoria, el silencio o la trasgresión deliberada (los “tachones de la historia” recientes de una Senadora de la República) han venido desgastando lo ocurrido en las otrora tierra bananera. Como si fuesen los hechos históricos víctimas de la misma salmuera incrustada en las rendijas de las paredes de las “casas grandes” cienagueras, para carcomérselas desde adentro y desde afuera, y, talvez, desde siempre. Una ciudad que de mil maneras ha sido víctima de la alucinante mentira, velis nolis, en muchos hechos de su historia. Es entonces cuando la memoria histórica (lo escrito, lo estudiado, lo reseñado e interpretado) juega un gran papel: el de recordarnos los hechos del pasado de la mano generosa y prodigiosa de Polimnia. Para que haya un tiempo presente de las cosas pasadas, de las presentes y de las futuras.
Es bien cierto que ninguna de nuestras acciones puede cambiar el pasado, pero todas pueden tenerlo en cuenta. Para poder ser capaces de recordar a los huelguistas con sus causas, a los fusilados con sus huelgas de vida y muerte, a los altaneros que fueron condenados en brutales consejos de guerra y a los que tuvieron que salir despavoridos de estas tierras. Para poder redimir la dignidad de todo un pueblo y, a la vez, la de todos los pueblos.

Para que cualquier memoria de los hombres vencedores, elaborada desde el poder siempre apoltronado, quede delatada a la luz pública como una alucinante mentira o como revestimiento de la vida real. Bastaría entonces con decir que las imágenes de lo pasado estarán en nuestro espíritu, como miles de páginas que pueden abrirse cuando el deseo lo quiera, a pesar de que existan innumerables obstáculos que no dejan abrirlas.

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