Editorial

Del Porqué la Decadencia de la Élite Tradicional en el Escenario Político-Electoral

Por: Carlos Payares González

Existe siempre la pretensión de un ocultamiento de la existencia de élites que han venido gobernando a nuestros pueblos. Otros minimizan la existencia de las élites políticas, económicas y sociales. La peregrina idea que tanto ciudades como el campo son entes homogéneos aflora en quienes precisamente defienden o parasitan a las élites. Las teorías sobre la existencia de las élites aparecieron en Europa a finales del Siglo XIX bajo la idea que algunos, los mejor preparados o especializados, tienen la función de gobernar en nombre de los demás, especialmente, en los Estados representativos. La pregunta que nos debemos hacer es la siguiente: ¿Quiénes son los que realmente toman las decisiones políticas en nuestras sociedades? Son precisamente aquellos que llamamos la clase dirigente, la clase política, los profesionales de la política, o sea, existen individuos que son los determinantes de la vida en una sociedad. Lo que implica como necesidad el ejercicio del poder político.

El estudio de las élites nos permite comprender el sistema político en su globalidad. Así podemos determinar quiénes son los que mandan, para qué mandan y cómo es que mandan ¿Cómo podemos compaginar la naturaleza de una democracia con la existencia de clanes familiares que se han venido comportando como auténticas élites, como si estuviesen predestinadas para el ejercicio del poder? ¿Acaso podemos señalar que la existencia de dichas élites congenia con la existencia de un régimen democrático? La democracia, al menos en teoría, es el gobierno de todos los ciudadanos; en cambio, el gobierno de las élites es por definición el gobierno de unos pocos ¿Hasta donde es inevitable el gobierno de una minoría organizada? El tema crucial, en mi entender, está en si esa minoría, al no poder gobernar al mismo tiempo todos vulnera los elementos o principios sustanciales de un régimen democrático, o sea, la aceptación que el poder procede del soberano pueblo y no de la riqueza o el rango de nobleza; que la participación e inclusión ciudadana en los procesos de gobierno es conveniente y necesaria; que los derechos humanos son parta definitiva en la construcción y existencia de la ciudadanía y, finalmente, que el Estado Social de Derecho es prenda de garantía para la legalidad, la equidad y la igualdad. Eso de que un funcionario elegido por el voto popular se crea autónomo y suficiente en el cargo es un esperpento antidemocrático. Decir algo así como “lo que me gané en las urnas no me lo quita nadie en las calles…”es una interpretación bastante famélica del que gobierna en un régimen basado en la soberanía popular.

Cuando prima una visión de élite excluyente no se salvaguarda los intereses de la comunidad dado que se considera a la ciudadanía como una masa de incompetentes, de ingobernables, que atentan contra la estabilidad del Estado. Es cuando se prefiere la gobernabilidad ante la gobernanza. Por eso algunos gobernantes consideran a los colectivos sociales como algo inerte y destructivo. Es más: se oponen a la emergencia de nuevos grupos alternantes en el ejercicio del poder para pretender perpetuarse como predestinados sociales y políticos. Los candidatos a las elecciones son escogidos en cerrados clubes sociales y una vez elegidos vuelven a gobernar para esos clubes sociales. En este caso la minoría elitista lo que busca es perpetuarse en el poder, produciendo un desgano en la participación ciudadana, recurriendo, incluso, al engaño, el fraude, la discriminación, la desinformación, la persecución y la violencia. Y es cuando parece ser bien cierto que un centenar de hombres que actúen en concierto (con conciencia de grupo, coherencia y conspiración. Gaetano Mosca) pueden derrotar y subordinar fácilmente a millares se seres dispersos.

El interés, por lo tanto, de nuestras élites heredadas desde la Colonia es el de consolidar ciertos intereses que no son del colectivo social, sino que son intereses oligárquicos. No gobiernan las élites seudoaristocráticas para consolidar la democracia, sino para perpetuar el gobierno de unos pocos, con las mismas cosas de siempre. Y eso es lo que cansa al colectivo social y ocasiona un desgaste de los que se han apoderado del poder. La élite en el poder tratará cada vez más de consolidar la santa alianza entre la burocracia del Estado (los funcionarios) y el político profesional (representante de las diferentes élites), con los cazadores de cargos y contratos (Max Weber. Economía y Sociedad). Todo esto hasta cuando la indignación de las masas sobrepasa el miedo y la coerción de los que se creen todopoderosos.
Lo anterior lleva a la sociedad a consolidar los partidos políticos que no son cosa distinta a grupos interesados en gobernar. En términos generales se destacan aquellos partidos que defienden los intereses de los notables, de las élites, de los que pertenecen a las maquinarias de los clubes sociales, que básicamente funcionan en las épocas electorales. También emergen los partidos alternativos que declaran abiertamente la defensa de las masas contrariando casi siempre a los miembros del Establecimiento. Lo que se observa en nuestra sociedad democrática es que hay sectores que son suprarepresentados (elites políticas, económicas, culturales, etc.) y otros (la masa base de la pirámide) que son infrarepresentados. De ahí que no sea nada fácil cumplir con el principio democrático de un gobierno con todos y para todos.

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